Todos sabemos que el ruido nos impide conciliar el sueño o puede interrumpirlo. A quién no le ha despertado (e irritado) ese ciclomotor petardeante que pasa a toda velocidad por tu calle en plena noche de verano cuando duermes con las ventanas abiertas, el ruido inesperado de un avión o un inoportuno claxon o acelerón. Si vive en una zona de “marcha o botellón” quizá las noches de fin de semana le cueste conseguir dormirse con la “animación” reinante en la calle, uno de cuyos signos indiscutibles en nuestro entorno es el ruido de voces, vasos y gentes. Un verdadero problema para los que lo sufren.
El sueño es un proceso muy organizado, con una actividad cerebral específica y variable y que forma parte de nuestros ritmos circadianos, siendo absolutamente imprescindible para el normal funcionamiento del organismo y la recuperación física y psíquica. Su alteración por cualquier causa, y específicamente por el ruido, puede afectar de forma importante a la salud.
Algunos efectos primarios del ruido en el sueño son obvios para cualquiera en relación con el momento o el tipo de ruido: dificultad para quedarse dormido, despertares frecuentes a lo largo de la noche o despertares precoces que quizá nos hagan levantarnos temprano. Pero el ruido puede interferir en nuestro sueño de forma menos evidente. Así, puede alterar las complejas etapas del sueño: su profundidad y su estructura o sucesión en el tiempo, es decir, alterar los ciclos del sueño. Por ejemplo, puede reducir las fases del denominado sueño profundo y del sueño REM. Estudios experimentales en laboratorios del sueño muestran una asociación entre ruido y cambios en dicha “arquitectura” o “estructura” del sueño.
El ruido durante el sueño puede provocar también diferentes efectos fisiológicos en nuestro organismo como aumento de la presión arterial, de la frecuencia cardiaca y de la amplitud del pulso. También vasoconstricción, cambios en la respiración y en el ritmo cardiaco, aumento del movimiento corporal y cambios en algunas secreciones de hormonas activadoras, muy características de las interrupciones del sueño. Pero esos efectos inmediatos son los causantes de otros efectos secundarios que podemos observar al día siguiente: fatiga, estado de ánimo depresivo, reducción del rendimiento y bajada del estado de alerta (que puede llevar a provocar accidentes, heridas o incluso la muerte según las circunstancias) y efectos psicosociales a más largo plazo.
No todas las personas ven igual de afectado su sueño por el ruido, siendo los umbrales de molestia y las respuestas diferentes en cada sujeto. Los grupos más sensibles son los mayores, los trabajadores por turnos, las personas que muestran una mayor vulnerabilidad a los trastornos físicos y mentales y aquellos que ya presentan trastornos del sueño. Se ha observado, por ejemplo, que las molestias por ruido nocturno aumentan la percepción de la molestia por sonidos no deseados en las 24 horas siguientes a la exposición. Por otra parte, mientras que el despertar precoz disminuye con las exposiciones repetidas (existe un acostumbramiento o habituación), las respuestas cardiovasculares no lo hacen y permanecen incluso tras largos periodos de exposición al ruido nocturno.
En definitiva, el insomnio puede considerarse un marcador de las perturbaciones del sueño causadas por el ruido. Ese insomnio, bien sea a causa del ruido o de otros orígenes, está asociado a diferentes alteraciones psicológicas y del comportamiento. Puede originar fatiga, bajo rendimiento en el trabajo, problemas de memoria y concentración, depresión, ansiedad y abuso del alcohol y otras drogas. Y en el campo más físico puede ocasionar deterioro cardiovascular y endocrino, obesidad, dolor y alteraciones del sistema inmune.
Fuente: OMSA
